Prólogo
Desperté con una sensación extraña, como cuando te levantas de una siesta demasiado larga y por un momento no sabes en qué día estás. Pero aquello no era exactamente lo mismo. Antes incluso de abrir los ojos, algo en mi cuerpo me decía que algo no estaba bien.
Cuando finalmente miré a mi alrededor, lo supe con absoluta certeza.
No estaba en casa.
La cama era suave y cómoda, casi demasiado cómoda, pero no era mi cama. Mis sábanas no olían así, ni se sentían tan frías contra mi piel. Me incorporé lentamente, con el corazón latiendo un poco más rápido, tratando de entender dónde estaba.
Lo primero que noté fue el cielo.
No había techo.
Sobre mí se extendía un cielo azul inmenso, con nubes blancas flotando lentamente, como si alguien las hubiese pintado con cuidado. Me quedé mirando hacia arriba varios segundos, esperando encontrar vigas, lámparas, algo que indicara que aquello seguía siendo una habitación.
Pero no había nada.
Bajé la mirada.
El suelo tampoco era un suelo normal.
En lugar de madera, o azulejos, o alfombra… había pasto. Pasto real. Verde, suave, ligeramente húmedo. Moví los dedos de los pies sobre él y sentí cómo se doblaba.
—¿Qué…? —murmuré.
Mi voz sonó clara. Demasiado clara.
Alrededor de la cama había algo que parecía una habitación, pero hecha de una forma que no tenía sentido. Las paredes no eran paredes. Eran malla ciclónica, cubierta completamente por enredaderas que crecían en todas direcciones.
Las enredaderas tenían flores.
Nunca había visto flores así.
Eran blancas, pero no completamente blancas. Sus pétalos estaban llenos de diminutos puntos brillantes, como pequeñas estrellas esparcidas sobre la superficie. En el centro, un pistilo largo y delgado sobresalía como una aguja delicada.
Me acerqué un poco más para verlas mejor.
—Son… raras.
El viento soplaba suavemente, haciendo que las flores se movieran apenas. De ellas salía un aroma dulce que llenaba todo el lugar. No era un olor fuerte, pero estaba en todas partes, como si el aire entero estuviera hecho de ese perfume.
Entonces noté algo más.
Los espejos.
Había varios alrededor de la habitación. Algunos grandes, otros pequeños, apoyados sobre estructuras que parecían surgir directamente del pasto. Pero algo estaba mal con ellos.
No reflejaban bien.
Podía ver que brillaban, como si la luz se quedara atrapada dentro de ellos, pero cuando trataba de mirar mi reflejo… era confuso. Difuso. Como si la superficie estuviera hecha de agua que nunca dejaba de moverse.
Fruncí el ceño.
—Esto no tiene sentido…
Me levanté de la cama lentamente y di unos pasos alrededor.
Mientras caminaba, empecé a darme cuenta de que aquello no era una habitación normal.
Parecía más bien… un laberinto.
Me acerqué a la abertura que llevaba a la siguiente sección y miré con cuidado.
Era como un pasillo gigantesco.
Pero tampoco era un pasillo normal.
El espacio era enorme, mucho más grande que cualquier habitación de mi casa. El suelo seguía siendo pasto, y las “paredes” continuaban siendo malla cubierta de flores.
Pero lo más extraño eran los objetos.
Había armarios.
Tocadores.
Roperos.
Incluso puertas.
Pero no estaban conectados a nada.
Simplemente estaban allí, firmes sobre el pasto, como si alguien los hubiera colocado en medio del camino y los hubiera olvidado.
Caminé unos pasos más.
En los bordes de cada objeto había unas formas extrañas grabadas. Líneas curvas, triángulos, espirales… símbolos que parecían letras.
Parecía un idioma.
Pero no uno que yo conociera.
—¿Hola? —llamé.
Mi voz viajó por el pasillo… y desapareció.
No hubo eco.
No hubo respuesta.
Nada.
Entonces me di cuenta de algo que me hizo sentir un escalofrío.
No había ningún sonido.
No había insectos.
No había pájaros.
No había animales.
Ni siquiera el viento hacía ruido al mover las hojas.
Era como si el mundo entero estuviera en silencio.
Probé otra cosa.
—¡HOLA!
Nada.
Ni voces.
Ni pasos.
Ni autos.
Ni personas.
Nada.
Un pensamiento horrible empezó a formarse lentamente en mi cabeza.
¿Y si estaba sola?
¿Sola en este lugar?
¿Sola en el mundo?
Tragué saliva.
De repente empecé a extrañar mi casa con una intensidad que casi dolía. Mi habitación. La voz de mamá. Los ruidos de la cocina. Incluso el sonido del tráfico afuera.
Necesitaba salir de ahí.
Regresé corriendo a la primera habitación.
Mis zapatos y calcetas estaban junto a la cama, perfectamente acomodados, como si alguien los hubiera dejado preparados para mí. Me senté rápido y me los puse.
—Está bien… —me dije a mí misma—. Solo tengo que encontrar la salida.
Eso era todo.
Alguien tuvo que traerme aquí.
Y si alguien me trajo… también debía existir una puerta.
Empecé a caminar por el laberinto.
Al principio parecía más bien una casa enorme llena de habitaciones abiertas. Pero pronto noté algo inquietante.
No había escaleras.
No había puertas reales.
No había cables.
Ni lámparas.
Ni interruptores.
—¿Y si se hace de noche…?
La idea me hizo detenerme.
No estaba preparada para dormir afuera.
¿Y si llovía?
¿Y si hacía frío?
Seguí caminando, intentando no pensar demasiado.
Las habitaciones parecían interminables.
Y lo más extraño era la luz.
Todo estaba iluminado como si fuera de día… pero no podía encontrar el Sol en ningún lugar del cielo.
Tampoco había sombras.
Era como si la luz viniera de todas partes al mismo tiempo.
Había pasado mucho tiempo. Lo sentía en mis piernas, que empezaban a doler.
Pero no me atreví a alejarme demasiado del primer lugar donde desperté.
Tenía miedo de perderme.
Porque aquello definitivamente era un laberinto.
Finalmente me senté frente a uno de los espejos.
Intenté mirarme.
Podía distinguir cosas: mi cabello rojo, mi pijama blanca, mi piel pálida.
Pero el reflejo nunca se quedaba quieto.
La superficie parecía moverse, como si estuviera respirando.
—¿Qué eres…?
Entonces ocurrió.
El espejo empezó a volverse aún más borroso.
La luz dentro de él creció.
Las flores alrededor comenzaron a brillar también, sus pequeños puntos iluminándose como estrellas diminutas.
Parpadeé.
Y en ese momento…
Alguien salió del espejo.
Retrocedí de un salto.
Era una mujer.
Pelirroja.
Llevaba vaqueros, botas resistentes y una camisa a cuadros.
Me miró con una expresión tranquila.
—Hola, Maple.
Sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho.
—¿Quién eres tú?
Había algo terrible en verla.
Algo familiar.
Demasiado familiar.
Su cabello.
Su piel.
Sus pecas.
Era como verme a mí misma.
Pero más grande.
Mucho más grande.
—Soy tú —dijo ella—. Bueno… más bien, un día tú serás yo.
La miré horrorizada.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Grité.
—¡Esto es una pesadilla!
Di un paso atrás, señalándola.
—¡Ese es mi cabello!
Me acerqué un poco más, furiosa y asustada.
—¡Esas son mis pecas! ¡¿Por qué tienes mis pecas?!
La mujer se quedó mirándome un segundo.
Y luego empezó a reír.
Una carcajada fuerte, sincera.
—¿Qué te causa tanta maldita gracia? —le grité.
Ella respiró hondo, todavía sonriendo.
—Ya pasé por esto —dijo finalmente—. Exactamente por esto.
Se señaló a sí misma.
—Desde tu punto de vista, yo llegué aquí hace diez años.
Sentí que mi cabeza empezaba a doler.
—Y tuve esta misma conversación… contigo.
Se quedó pensativa un momento.
—Bueno… conmigo misma.
Volvió a reír.
—Estoy diciendo exactamente las mismas cosas que me escuché decir aquella vez.
Yo la miraba sin entender nada.
Era demasiado.
Tenía siete años.
Nada de esto tenía sentido.
—¿Quién me trajo aquí? —pregunté finalmente.
Ella me miró directamente a los ojos.
—Yo lo hice.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Por qué?
La mujer se acercó lentamente.
Luego me abrazó.
Sus brazos eran cálidos.
Reales.
Me sujetó suavemente por los hombros y me miró con seriedad.
—Maple —dijo.
Su voz ya no sonaba divertida.
Sonaba urgente.
—Tenemos que encontrar a Frank.
Desperté con una sensación extraña, como cuando te levantas de una siesta demasiado larga y por un momento no sabes en qué día estás. Pero aquello no era exactamente lo mismo. Antes incluso de abrir los ojos, algo en mi cuerpo me decía que algo no estaba bien.
Cuando finalmente miré a mi alrededor, lo supe con absoluta certeza.
No estaba en casa.
La cama era suave y cómoda, casi demasiado cómoda, pero no era mi cama. Mis sábanas no olían así, ni se sentían tan frías contra mi piel. Me incorporé lentamente, con el corazón latiendo un poco más rápido, tratando de entender dónde estaba.
Lo primero que noté fue el cielo.
No había techo.
Sobre mí se extendía un cielo azul inmenso, con nubes blancas flotando lentamente, como si alguien las hubiese pintado con cuidado. Me quedé mirando hacia arriba varios segundos, esperando encontrar vigas, lámparas, algo que indicara que aquello seguía siendo una habitación.
Pero no había nada.
Bajé la mirada.
El suelo tampoco era un suelo normal.
En lugar de madera, o azulejos, o alfombra… había pasto. Pasto real. Verde, suave, ligeramente húmedo. Moví los dedos de los pies sobre él y sentí cómo se doblaba.
—¿Qué…? —murmuré.
Mi voz sonó clara. Demasiado clara.
Alrededor de la cama había algo que parecía una habitación, pero hecha de una forma que no tenía sentido. Las paredes no eran paredes. Eran malla ciclónica, cubierta completamente por enredaderas que crecían en todas direcciones.
Las enredaderas tenían flores.
Nunca había visto flores así.
Eran blancas, pero no completamente blancas. Sus pétalos estaban llenos de diminutos puntos brillantes, como pequeñas estrellas esparcidas sobre la superficie. En el centro, un pistilo largo y delgado sobresalía como una aguja delicada.
Me acerqué un poco más para verlas mejor.
—Son… raras.
El viento soplaba suavemente, haciendo que las flores se movieran apenas. De ellas salía un aroma dulce que llenaba todo el lugar. No era un olor fuerte, pero estaba en todas partes, como si el aire entero estuviera hecho de ese perfume.
Entonces noté algo más.
Los espejos.
Había varios alrededor de la habitación. Algunos grandes, otros pequeños, apoyados sobre estructuras que parecían surgir directamente del pasto. Pero algo estaba mal con ellos.
No reflejaban bien.
Podía ver que brillaban, como si la luz se quedara atrapada dentro de ellos, pero cuando trataba de mirar mi reflejo… era confuso. Difuso. Como si la superficie estuviera hecha de agua que nunca dejaba de moverse.
Fruncí el ceño.
—Esto no tiene sentido…
Me levanté de la cama lentamente y di unos pasos alrededor.
Mientras caminaba, empecé a darme cuenta de que aquello no era una habitación normal.
Parecía más bien… un laberinto.
Me acerqué a la abertura que llevaba a la siguiente sección y miré con cuidado.
Era como un pasillo gigantesco.
Pero tampoco era un pasillo normal.
El espacio era enorme, mucho más grande que cualquier habitación de mi casa. El suelo seguía siendo pasto, y las “paredes” continuaban siendo malla cubierta de flores.
Pero lo más extraño eran los objetos.
Había armarios.
Tocadores.
Roperos.
Incluso puertas.
Pero no estaban conectados a nada.
Simplemente estaban allí, firmes sobre el pasto, como si alguien los hubiera colocado en medio del camino y los hubiera olvidado.
Caminé unos pasos más.
En los bordes de cada objeto había unas formas extrañas grabadas. Líneas curvas, triángulos, espirales… símbolos que parecían letras.
Parecía un idioma.
Pero no uno que yo conociera.
—¿Hola? —llamé.
Mi voz viajó por el pasillo… y desapareció.
No hubo eco.
No hubo respuesta.
Nada.
Entonces me di cuenta de algo que me hizo sentir un escalofrío.
No había ningún sonido.
No había insectos.
No había pájaros.
No había animales.
Ni siquiera el viento hacía ruido al mover las hojas.
Era como si el mundo entero estuviera en silencio.
Probé otra cosa.
—¡HOLA!
Nada.
Ni voces.
Ni pasos.
Ni autos.
Ni personas.
Nada.
Un pensamiento horrible empezó a formarse lentamente en mi cabeza.
¿Y si estaba sola?
¿Sola en este lugar?
¿Sola en el mundo?
Tragué saliva.
De repente empecé a extrañar mi casa con una intensidad que casi dolía. Mi habitación. La voz de mamá. Los ruidos de la cocina. Incluso el sonido del tráfico afuera.
Necesitaba salir de ahí.
Regresé corriendo a la primera habitación.
Mis zapatos y calcetas estaban junto a la cama, perfectamente acomodados, como si alguien los hubiera dejado preparados para mí. Me senté rápido y me los puse.
—Está bien… —me dije a mí misma—. Solo tengo que encontrar la salida.
Eso era todo.
Alguien tuvo que traerme aquí.
Y si alguien me trajo… también debía existir una puerta.
Empecé a caminar por el laberinto.
Al principio parecía más bien una casa enorme llena de habitaciones abiertas. Pero pronto noté algo inquietante.
No había escaleras.
No había puertas reales.
No había cables.
Ni lámparas.
Ni interruptores.
—¿Y si se hace de noche…?
La idea me hizo detenerme.
No estaba preparada para dormir afuera.
¿Y si llovía?
¿Y si hacía frío?
Seguí caminando, intentando no pensar demasiado.
Las habitaciones parecían interminables.
Y lo más extraño era la luz.
Todo estaba iluminado como si fuera de día… pero no podía encontrar el Sol en ningún lugar del cielo.
Tampoco había sombras.
Era como si la luz viniera de todas partes al mismo tiempo.
Había pasado mucho tiempo. Lo sentía en mis piernas, que empezaban a doler.
Pero no me atreví a alejarme demasiado del primer lugar donde desperté.
Tenía miedo de perderme.
Porque aquello definitivamente era un laberinto.
Finalmente me senté frente a uno de los espejos.
Intenté mirarme.
Podía distinguir cosas: mi cabello rojo, mi pijama blanca, mi piel pálida.
Pero el reflejo nunca se quedaba quieto.
La superficie parecía moverse, como si estuviera respirando.
—¿Qué eres…?
Entonces ocurrió.
El espejo empezó a volverse aún más borroso.
La luz dentro de él creció.
Las flores alrededor comenzaron a brillar también, sus pequeños puntos iluminándose como estrellas diminutas.
Parpadeé.
Y en ese momento…
Alguien salió del espejo.
Retrocedí de un salto.
Era una mujer.
Pelirroja.
Llevaba vaqueros, botas resistentes y una camisa a cuadros.
Me miró con una expresión tranquila.
—Hola, Maple.
Sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho.
—¿Quién eres tú?
Había algo terrible en verla.
Algo familiar.
Demasiado familiar.
Su cabello.
Su piel.
Sus pecas.
Era como verme a mí misma.
Pero más grande.
Mucho más grande.
—Soy tú —dijo ella—. Bueno… más bien, un día tú serás yo.
La miré horrorizada.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Grité.
—¡Esto es una pesadilla!
Di un paso atrás, señalándola.
—¡Ese es mi cabello!
Me acerqué un poco más, furiosa y asustada.
—¡Esas son mis pecas! ¡¿Por qué tienes mis pecas?!
La mujer se quedó mirándome un segundo.
Y luego empezó a reír.
Una carcajada fuerte, sincera.
—¿Qué te causa tanta maldita gracia? —le grité.
Ella respiró hondo, todavía sonriendo.
—Ya pasé por esto —dijo finalmente—. Exactamente por esto.
Se señaló a sí misma.
—Desde tu punto de vista, yo llegué aquí hace diez años.
Sentí que mi cabeza empezaba a doler.
—Y tuve esta misma conversación… contigo.
Se quedó pensativa un momento.
—Bueno… conmigo misma.
Volvió a reír.
—Estoy diciendo exactamente las mismas cosas que me escuché decir aquella vez.
Yo la miraba sin entender nada.
Era demasiado.
Tenía siete años.
Nada de esto tenía sentido.
—¿Quién me trajo aquí? —pregunté finalmente.
Ella me miró directamente a los ojos.
—Yo lo hice.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Por qué?
La mujer se acercó lentamente.
Luego me abrazó.
Sus brazos eran cálidos.
Reales.
Me sujetó suavemente por los hombros y me miró con seriedad.
—Maple —dijo.
Su voz ya no sonaba divertida.
Sonaba urgente.
—Tenemos que encontrar a Frank.